Duendes viajeros montando sobre el lomo de un joven dinosaurio en busca de nuevas aventuras…
Arcilla roja decorada con esmaltes al fuego en bicocción.
Duendes viajeros montando sobre el lomo de un joven dinosaurio en busca de nuevas aventuras…
Arcilla roja decorada con esmaltes al fuego en bicocción.
Para comprobar si nuestra pieza esta totalmente seca y lista para ser horneada prestamos atención a los cambios de color de la arcilla, teniendo en cuenta que no solo debe secar la capa superficial, también debemos darle tiempo para que seque el interior. Y sin mas ya los tenemos listos para su primera cocción en el horno cerámico, esa herramienta del ceramista que es la mitad del taller y que por efecto del calor transforma nuestra obra efímera en inalterable al paso del tiempo.
Una vez que hemos cocido la pieza por primera vez a 1000 grados viene un proceso delicado en el que si no elegimos el color correcto, la textura adecuada todo nuestro trabajo anterior puede verse truncado.
Una vez esmaltado con esas mezclas de alquimista loco en busca de su sueño, lo devolvemos al horno para un segundo y definitivo horneado y entonces ¡¡sorpresa!! todos los colores han aparecido, vivos, brillantes, tersos y nuestro duende está preparado para salir y buscar ese lugar donde mostrarse.
Justo después de bocetar la pieza, de darle mas o menos la forma y el movimiento, pasamos a vaciarla, con esto al mismo tiempo aligeramos el peso y nos evitamos las burbujas de aire que puedan quedar en el interior del barro y que explotarían dentro del horno durante la cocción.
Para el vaciado necesitamos cortar el duende en varios trozos, tantos como sea necesario para poder llegar con el vaciador a todas sus partes, comunicando entre sí todo el interior y dejando un pequeño orificio como vía de salida del aire.
Vaciarla, ahuecarla y volver a pegarla con la misma arcilla convertida en liquido untuoso, pegamento de arcilla para la arcilla y ya podemos seguir esperando…esperando ese momento de inspiración, ese momento que llega siempre trabajando, que te pilla con las manos en otra cosa, pero la cabeza, ay la cabeza!!, esa, esta dando forma a ese dedo, esa sonrisa y entonces te sientas y rematas el proceso del modelado.
Y otra vez a esperar, esta vez en serio, hasta que la pieza se muestre completamente seca.
Cuando comienzo una nueva pieza, siempre llevo en mi mente la imagen de lo que quiero que salga del montón de arcilla al que me enfrento, sin embargo con los duendes esto no ocurre, sino que es la arcilla quien guía mis manos y me va llevando casi sin querer al boceto de otra de estas pequeñas criaturas, piezas que brotan del barro desde algún lugar oculto de mi imaginación, obras definidas por el momento.
Al modelar intento aportar movimiento al conjunto modificando la postura y presto atención sobre todo a la expresión de la cara y a los gestos dándoles forma con las manos hasta conseguir un efecto que me satisfaga.
Comienzo el trabajo, primero bocetando la pieza, dándole una forma general pero sin definir, sin marcar manos, cara, nada, un esbozo, tan solo busco el tamaño, intuir la forma y el movimiento.
Después solo queda esperar, esperar el tiempo necesario para que la arcilla endurezca, se trata de que se seque un poco, solo un poco, lo justo para poder trabajar con mas firmeza sobre la pieza.